Como todo cuento, esta historia empezó hace mucho, mucho tiempo (o no tanto).

 

Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, pasábamos las vacaciones de verano entre Ibiza y Asturias. El camino al Norte lo hacíamos en coche; un “road trip” a la española. Esos viajes todos juntos, con banda sonora de los cassettes de la época estuvieron llenos de descubrimientos. Cada año variábamos la ruta pero algunas paradas se repetían. Madrid incluía, entre otras cosas, la visita al museo del Prado. De todo el arte que vi en aquella época, sin duda fueron el Guernica de Picasso y las pinturas negras de Goya lo que me produjo un mayor impacto. Recuerdo no parar de hablar de ello durante meses (en los 80´s el número de impactos que recibíamos nos permitía retenerlos en la memoria lo suficiente para convertir cosas simples en memorables). Cada vez que hablaba de Goya (que debía ser a menudo), mi padre añadía: Francisco de Goya y Lucientes, nacido en Fuendetodos, provincia de Zaragoza (a pesar de los intentos, la precisión a la hora de ubicar a las personas a través de su apellido y lugar de nacimiento es algo que nunca caló en mí). Y así es como me convertí en lucientes.

 

Lo que empezó siendo un defecto de memoria, de interés en ese tipo de datos, acabó convertido en una característica. Retener el brillo por encima de los datos. Detectar aquello que hace brillar a las personas y a las ideas por encima del resto.

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